jueves, 4 de octubre de 2012

La marca España



Almorzando en un bar –menú de 7 euros, que está la cosa cortita- escucho de fondo las noticias y a un político que no consigo ver porque la tele estaba de espaldas diciendo que las imágenes de las manifestaciones y enfrentamientos del 25-S dañaban “la marca España”. En una mesa de al lado, un tipo se exalta tela y se pone a hablarle al aparato. Tus muertos, dice. Los del político. Levanta el vaso de cerveza antes de dar un trago. “Ustedes, ustedes sí que dañáis. Ustedes”. Y sigue recitando por lo bajo. Acordándose de familias enteras.

Me quedo pensando un poco. Ahora resulta que tenemos que estar todos calladitos para respetar nuestra imagen como país. Esa que, nos dicen, tiene maravillado al mundo entero. Supongo. En honor a la marca, la delegada del Gobierno en Madrid Cristina Cifuentes quiere “modular” el derecho a la manifestación. Y cuando un político dice eso, se refiere a acabar con él. Exterminarlo porque molesta. Luego sale Mayor Oreja diciendo que eso de emitir imágenes de las manifas está mal. Porque oiga, se ve a gente que protesta y peleas con la policía. No deberían dejar que haya teles por allí cerca. La imagen del país, etcétera.

Lo que cabría preguntarse ahora es cuál es la marca España. Qué queda de ella. ¿Son las marcas que dejaron los golpes de las porras en el cuerpo de la gente? ¿La del país europeo con más políticos corruptos y menos dimitidos? ¿O hablamos quizás de un Estado que recibió miles de millones desde Europa y los destinó a obras faraónicas con desviaciones de billetes bajo cuerda? Esos aeropuertos vacíos, esos AVE con expropiaciones millonarias si se trataba de un colega y miserables si era desconocido. Cientos de kilómetros de autopista por donde no pasa nadie literalmente. Esa España a la cual Mitt Romney diagnosticó anoche mismo su problema: “el 42% de su dinero va para los gobernantes”. Y señaló que si nosotros vamos al norte, él saldrá corriendo como un poseso hacia el sur. Sin pensarlo.

¿Hablamos de la marca España en Andalucía, donde ocurrió el increíble milagro de que mil millones de euros se estafasen ellos solos, sin que nadie sepa nada? ¿O de ese oasis socialista contra la crisis que no iba a recortar nada de los servicios públicos? Porque, que yo sepa, quitar 700 euros al año, rebajar un 25% los contratos al personal sanitario -echando las mismas horas- y largar a profesores es hacer recortes. Por no hablar del ‘Palacio de Cristal’ de Valderas que todavía tiene más mugre que la axila de un simio, por no decir el sobaco de un mono.

¿En serio hay todavía una sola persona que crea que fuera, en Europa y en el resto del mundo, nos ven como un país serio? No, señores. Olvídense. Nos ven como un país que se tira a la calle cuando su selección gana la Eurocopa, porque es lo único de lo que puede presumir. Porque el ‘soy español, a qué quieres que te gane’ vale tanto para el deporte como para cualquier tipo de actividad turbia y corrupta donde somos los reyes. La marca España está tan muerta y enterrada que sólo sacar su nombre a pasear da vergüenza ajena. Y la culpa no la tiene la gente de a pie que aguanta estoicamente el chaparrón. A los que encima, quieren hacer creer que vivieron por encima de sus posibilidades cuando los bancos inflaban tasaciones para dar créditos más altos sabiendo que esto iba a ocurrir, además con cláusulas suelo para que las hipotecas suban con el tipo de interés, pero no bajen. Y ahora, mientras se culpa al currela de turno, los que de verdad nos metieron en esta van a salir a flote con nuestro dinero.

Alguien debería advertirle al tipo del bar que no puede ir hablándole así a las teles. Vaya a pasar cerca un alemán, piense que está loco y haga un daño irreparable a nuestra marca. Y entonces tendremos que escuchar a algún político diciendo gilipolleces para ‘salvarla’, en vez de que alguien nos salve a todos de esta casta que insulta a diario el honor del país.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Las miserias del oro negro



Leyendo sobre vertidos de petróleo para mi tesis doctoral me encuentro de cara con un montón de catástrofes ambientales que nunca han salido en grandes medios de comunicación. Y, casualmente, en ninguna de las tres que estoy estudiando a fondo aparece la empresa que ha sido noticia estos días.

No en España, claro. Aquí bastante tenemos con lo que nos cae a diario. Pero como uno está metido en el mundillo petrolero –y ya mismo lleno de fango negro hasta las cejas-, ojea la prensa internacional y se encuentra que el gran emperador del petróleo, la empresa angloholandesa Shell, está siendo muy criticada por no limpiar los vertidos del Delta del Níger.

Al ver esto, algunos dirán que no es para tanto. Otros contestarán que a ellos el Níger les importa un carajo. Habrá quien ni siquiera sepa por dónde cae en el mapa. La cuestión es que los amigos de Shell no limpian un lugar donde cada año se van al agua 42 millones de litros de petróleo. Lo que multiplicado por 50 años nos hace un total de 2.100 millones de litros de chapapote en las aguas nigerianas. Para darse un bañito.

Es el todo vale. La empresa de la concha hace y deshace a su antojo en el país africano con la aprobación del gobierno. Contaminan pozos y destrozan reservas, confinando al hacinamiento a pueblos indígenas mientras las autoridades ponen la mano por debajo de la mesa y miran para otro lado.

Así están los pobres Ogonis, 70.000 aborígenes del Delta que beben agua contaminada con benceno (un agente altamente cancerígeno) hasta 900 veces más de lo permitido. Si mañana mismo dejaran de echar porquería a las marismas del río, los ecosistemas tardarían 30 años en recuperarse, pero a nadie se le ocurre pensar con tanto optimismo. Shell seguirá allí haciendo lo que le venga en gana por más que la ONU le condene a limpiar.

Es más, algunos ogonis “ilustrados”, como el fallecido escritor nigeriano Saro-Wiwa, se opusieron a la destrucción total del Delta. La reacción fue una represión armada del ejército… y de grupos paramilitares pagados por Shell que mataron a 2.000 personas. El propio escritor fue asesinado. 14 años después, y con la empresa defendiendo su inocencia y negando implicaciones, en 2009 la ONU obligó a indemnizar a los descendientes del escritor y al resto del pueblo ogoni con 11,5 millones. Sólo entonces la petrolera reconoció haber financiado grupos armados.

Ya en 2011 la ONU pidió a la empresa un plan de 700 millones de euros para desinfectar todo aquello. No debió surtir mucho efecto esa ‘amenaza’ internacional, porque en diciembre hubo otro vertido que obligó a prohibir la pesca. En lugares donde antes había manglares y la selva llenaban todo de vegetación, hoy el petróleo se ha metido hasta 20 centímetros bajo tierra –imaginen lo que habrá por encima- y las plantas ni siquiera pueden echar raíces. Una maravilla.


Convendría señalar que Shell es la segunda mayor empresa del Mundo, o al menos la segunda que más dinero ganó en 2011. Propiedad, en buena parte, de la familia real holandesa -su nombre completo es Royal Dutch Shell- tuvo un beneficio neto de 580.000 millones de dólares en el pasado año. Estamos hablando casi del presupuesto de España –todavía una de las 10 mayores economías del Mundo, por poco tiempo- para el año que viene.

Es sólo uno de los ejemplos. Quizá el más reciente, pero no el único. Financió conflictos armados en Sudamérica durante el siglo XX de acuerdo con los gobiernos -la guerra del Chaco, por ejemplo, costó más de 100.000 vidas-, ha sido blanco de las iras de todas las organizaciones ecologistas por sus actuaciones turbias en decenas de vertidos.

Por no hablar de las oscuras muertes de indígenas guaraníes en Brasil, donde Shell y Cosan formaron Raízen, una especie de consorcio para producir biocombustibles baratos. Un sector donde el gigante sudamericano está creciendo exponencialmente. Confinando al pueblo indígena guaraní y pagando mercenarios que asesinaban a sus líderes, durante casi dos años el monstruo petrolero campó a sus anchas hasta que las ONGs llevaron su actividad al lado de los guaraníes. Dos años después, Shell disolvió la sociedad y dejó el etanol brasileño "como muestra del compromiso con los pueblos indígenas". Que le pregunten a los chamanes muertos.

Y no es lo que hicieron, sino lo que harán: se han propuesto “trabajar y explorar”, así lo llaman ellos, ni más ni menos que en Alaska. Aún teniendo presente que se trata de un país como EEUU, donde los tejemanejes legales son mucho más limitados, la simple posibilidad de que Shell saque petróleo de allí hace temblar a ecologistas e incluso científicos. Sólo pensar que se pueda originar un vertido en un terreno con esas condiciones de frío –la mancha negra sería prácticamente imparable y podría quedarse después incrustada en el hielo- ya es una catástrofe. Si llegara a producirse estaríamos ante uno de los mayores desastres ambientales de la historia. Que ya es decir.

Estas son sólo algunas de las grandes miserias del oro negro a lo largo del mundo. Un elemento energético destinado a desaparecer y ser sustituido por otros más limpios y eficientes. Pero, mientras los tratados internacionales sigan siendo cúmulos de buenas intenciones y ningún hecho, empresas como Shell –y otras que ya contaremos- tendrán campo libre para hacer lo que les plazca. Aunque cueste miles de vidas.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Excusa barata



Estaría bien saber quién fue el primer ser humano que puso una excusa para algo. En qué momento de la Historia alguien justificó la imposibilidad de conseguir el fin pretendido. No sé, imaginen un tipo del paleolítico dejando declaraciones futboleras. “Cuando la lanza no quiere impactar, no impacta. Pero esto es largo y hay que ir bisonte a bisonte”. O algo por el estilo.

La cuestión es que desde que alguno dijo aquello de cariño, no es lo que parece –aunque casi siempre lo fuera- las excusas forman parte de nuestra rutina diaria. Son un elemento más de la misma vida.

No hay que irse muy lejos. Sólo en Málaga ya tenemos dos claros ejemplos, además bastante ilustrativos. Primero, ese SARE que busca la felicidad de los malagueños. Me imagino a los funcionarios del Ayuntamiento bloqueados al recibir miles de cartas pidiendo que el aparcamiento de La Malagueta pasara a ser de pago. O todavía mejor, ese Twitter oficial del Ayuntamiento de Málaga diciendo que no es lo mismo “suciedad que falta de limpieza”. Rediós.

Ejemplos hay miles. Pero hay uno realmente peligroso y aberrante que se ha puesto de moda, sobre todo en las esferas políticas. Desde hace un par de años, con la peña loca por pillar un curro, para que cualquier iniciativa poco limpia se salte los filtros de la contestación social hay un argumento mágico: “Es que va a dar puestos de trabajo”.

Y ya está todo hecho. ¿Que en Vélez se quiere montar un centro comercial de medianas superficies en un vivero de palmeras, y la finca es de un tío que preside una asociación contraria a la construcción del centro? Pues allí que va el regidor, enérgico, y dice que hay 800 empleos en juego. Para empezar habría que discutirle el número, que con la pasión del discurso disparó un poco alto. Y luego, habría que ver cuál es el tipo de empleo que se crea.

¿Cómo? ¿Que no quieren que se construya en Valdevaqueros? Vaya panda de ignorantes. ¡Si el complejo va a dar 3.000 puestos de trabajo! ¿Cuántos empleos da esa zona de alto valor ecológico que hay allí? La cuestión es protestar. Y así podemos seguir eternamente con los puertos deportivos licitados en zonas dudosas, ese Algarrobico que sigue rompiendo la estética y el entorno del Cabo de Gata como un hachazo en un lugar único, y que allí sigue desde hace casi una década. Intacto, cuando hay una orden de demolición.

Ya no hay noticia en la que no se anuncien los “puestos de trabajo” de tal o cual proyecto. Algún día alguien dejará a un lado el frío número para preguntarse, de una vez, qué tipo de puestos son. Para cuestionarse si todos esos empleos a corto plazo, aquí y ahora, no dejarán dentro de varios años una economía aún más dependiente. Si todas estas multinacionales que vienen aquí aprovechando lo barato que nos vendemos otra vez, dejan algo de esa riqueza que dicen crear o se la llevan de vuelta a sus lugares de origen.

A lo mejor, con mucha suerte, alguien alza la voz para pedir que se incentive la economía propia. La nuestra. La que deja beneficios en el terreno en lugar de crear dependencia de quienes vienen de fuera. Tal vez haya quien diga que, sintiéndolo mucho, señores, la economía basada en el turismo implica que vengan turistas. Y eso a su vez conlleva que si no vienen, estamos jodidos. Pero tranquilos. Seguro que Eurovegas y los nosecuantos parques temáticos que quieren hacer en Cataluña dan muchos puestos de trabajo. No vean lo bien que se lo van a pasar los extranjeros que vengan mientras nosotros nos acercamos un poco más a países tercermundistas. Y cuando se aburran y dejen de venir, va a ser una fiesta del carajo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La pesca, el campo y las Españas Verticales



Las 8:30 de la mañana –ni AM ni hostias- y Cora, mi perra, me dice que oye, pedazo de flojo, venga arriba ya. Que es mi hora de pasear y me la estás quitando. Menos mal que no habla, porque por su actitud impaciente igual me hubiera dedicado ya algún piropo. Total, que con cinco horas dormidas y mirando con pena la almohada, me levanto para cumplir con mi obligación de hermano mayor.

Enfilo el paseo marítimo sin saber si estoy despierto o no –cuando uno conoce los caminos de memoria se abstrae tela- hasta que algo capta mi atención. Allí, al fondo. A la derecha. Como cuando uno busca el servicio. Un grupo de hombres en el rebalaje –la orilla para los de interior- en fila india. Están, como se dice aquí, ‘echando un lance’. Pescando, vamos.

Poco a poco van juntando los dos extremos para cerrar bien el copo y asegurar la captura, y luego se ponen a tirar de la tralla para sacar la red. Por lo pronto que salen los primeros plomos y corchos observo que es un arte pequeño, y me acerco a mirar. Lo cual, por otra parte, la perra me agradece porque le encanta la arena. Sobre todo removerla.

Algunos, observo, son ya mayores. De esos que aprendieron el oficio de la mar cuando todo Torre del Mar vivía del elemento que le da nombre. Tal vez se salió de los barcos en la época en que llegó el progreso y la construcción daba miles de euros mensuales a cualquiera que cogiera un palustre. Pero aquello es ahora un recuerdo. Estamos en crisis, y esto es lo que queda. Otra vez a la mar. Como es temprano, y aunque ya empieza a calentar el sol, van abrigados más contra la humedad del alba que contra el frío. Son de muy distintas edades. Todos empezaron a currar en la pesca hasta que llegaron los tiempos en que España dio con la máquina de lavado de billetes. Incluso hay algunos menores que yo, que ante la falta de trabajo prefiere aprender un oficio que quedarse en casa.

Se agolpan los extranjeros en la playa para ver el espectáculo. Porque lo es. Las voces de los hombres. Tirar de la tralla de forma sincronizada. Tiene mucho de teatral aunque en el fondo sea sólo una forma de ganarse algo de pan. O de pescado, porque al final este tipo de faenas son de subsistencia. En cuanto sale el copo lo abren para ver lo que lleva. Caballas, escucho. Normal. Están tiradas. Desde hace unos años los fondos marinos se han recuperado bastante por esta zona y uno, aunque no es muy dado a las inmersiones, puede verlos sin excesivo esfuerzo.

-         Enga, p’a la caseta der tirón. Y allí lo arranchamo to.

La frase la suelta el más viejo de todos, que ejerce de patrón. La pesca con redes supone un riesgo de multa y requisa si, por cualquier razón, se cuela un 'inmaduro' en la captura. Entre dos jóvenes le quitan el motor al bote que ha ido soltando la red por el fondo y ya está cerca de la orilla. Por si acaso. Y en cuestión de segundos, todas las miradas se dirigen a la caseta de los pescadores –ajena a ello, mi chucha está levantando una polvareda considerable- que hablan entre ellos. Buena pesquera. Sin pasarse, pero para echar el día.

Uno de ellos es conocido mío. Le sostengo la mirada mientras aguanta el copo. Se vuelve y me hace un gesto. Luego sigue con su tarea. Qué quieres que haga, me dice sin hablar y con la mirada llena de dignidad. No estoy dispuesto a pasar hambre.

Pues claro que no, pienso. Y mientras me intento llevar a la perra –que se lo está pasando pipa- voy pensando en las dos Españas. No las del 36, sino las del 2012. Las Españas verticales. Ese país en el que está prohibido que diez pobres pesquen de forma artesanal con redes que se llevan usando aquí miles de años porque “arrasan las praderas marinas”, pero sí se puede licitar un puerto deportivo de 700 atraques firmando la sentencia de muerte de esos mismos ecosistemas. Y para que la gente no proteste se les dice que no se preocupen, señores, que las van a transplantar. Cuando saben, porque lo saben, que esa especie de plancton muere si se pasa de un sitio a otro. Y, sin embargo, el informe de impacto ambiental sale favorable.

Este país en el que uno no puede faenar de forma artesanal –no confundir con la pesca mayor de arrastre que esquilma todo lo que encuentra dejando la tierra baldía, ni de especies en extinción como el atún rojo o en período de cría- pero hay que ir a Marruecos, Mauritania o Guinea para pillar algo, y ojito que no le dé al gobierno de allí por romper unilateralmente los acuerdos porque muchas mujeres, hijas y hermanas tendrán que rezar a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros. No se puede pescar porque el medioambiente es importantísimo, pero sí se autorizan exploraciones de petróleo y gas en Alborán porque bueno, a ver, es que la energía también es importante. Y cada cosa en su momento. Que además la crisis está siendo gorda y el petróleo son puestos de trabajo.

Pienso también en aquella fábrica de azúcar de mi pueblo que se dejó morir –en lugar de adaptarla a los tiempos- cuando daba empleo y abastecimiento a medio pueblo porque llegaba El Progreso. Así, con mayúsculas. Y aquí estamos, progresados que te rilas, con toneladas de cemento sobre los antiguos cañaverales, sin trabajo y desesperados porque no sabemos qué hacer con tanto ladrillo. Y además, como hemos perdido la esencia de pueblo moderno a la par que pesquero que nos caracterizaba, los turistas –malditos desagradecidos- se han aburrido y ya no vienen.

Recuerdo, además, a todos esos pueblos campesinos y pescadores desde siempre. A esos ganaderos tirando leche o repartiéndola entre los pobres porque, total, le van a perder todo el dinero. Recuerdo también a los aceituneros de Jaén que este año, por la sequía, van a tener apenas un mes de jornales en vez de los tres de siempre. Y cuidado, no venga Europa y les obligue a arrancar olivos. Pero luego, eso sí, van todos los enchaquetados allí a decir que en Andalucía no se abandonará jamás el sector primario. Nanai. Que el compromiso es firme. Y lo es, hasta que se bajan del atril. Pienso en cómo hemos llegado a esto, y cómo lo que antes era el granero de España se ha convertido en un solar lleno de edificios vacíos que ya nadie quiere, y por eso nos vamos a comer El Progreso con patatas hasta terminar llenos. Saciados. Hartos. Empachados. Nos va a salir el Progreso por las orejas.

Salgo ya de la playa y aún queda suspendido en el aire parte del polvo que ha levantado Cora. No veas la que has liado, socia. Eso le digo. Aunque luego recapacito, la miro mientras pasea ajena a todo y hasta le alabo el gusto. Bueno, no es para tanto, comparado con las zapatiestas que forman otros. Y si a ellos no les pasa nada, tranquila que a ti tampoco.

lunes, 17 de septiembre de 2012

El valor de ser el segundo



En este mundo competitivo en el que hay que demostrar siempre que uno es el mejor en lo que se propone hacer –aunque muchas veces ni siquiera eso le salve de un ERE- la gente de a pie sólo se acuerda del que gana. De aquel que alza los brazos al final. El primero vence, el segundo pierde y del tercero hacia atrás, participan. Este lema de una marca deportiva –para no hacer publicidad la llamaremos ‘Hike’- resume casi al completo el pensamiento de esta sociedad donde los compañeros de profesión son rivales y los colores de una empresa hay que llevarlos como los de un equipo de fútbol.

Pues precisamente este es el mejor momento para reivindicar el papel de los segundos. Los grandes olvidados. Aquellos que tienen la mala suerte de encontrarse con alguien que los supera. Y, sin embargo, todo el mundo pasa por alto que sin ellos, todo perdería mucho sentido.

¿Qué sería, por ejemplo, de Roger Federer sin Nadal, o ahora Djokovic? ¿Cuántos duelos para la historia nos han dejado estos dos tenistas? Además el español ha vencido muchas más veces al suizo, que sin embargo será recordado como el mejor de la historia dándole a la raqueta. Porque lo es.

¿No sería la Liga española un aburrimiento si no estuviera Cristiano Ronaldo? Arrogante y egoísta, pero siempre ambicioso porque quiere ser el mejor, aunque ha tenido la mala suerte de encontrarse a un Lionel Messi intocable. Pero igualmente, el portugués tiene números de auténtico crack histórico. ¿Es menos meritorio, sólo porque haya uno aún más bestia?

En mi deporte favorito, el ciclismo, esto se trata de otra manera. Obviamente no es lo mismo ganar el Tour que ser segundo. Pero, por ejemplo, ¿no habríamos visto un auténtico coñazo de Vuelta a España si ‘Purito’ Rodríguez o Alejandro Valverde no hubiesen puesto muy cara la victoria de Contador? Porque ya me dirán que el Tour, dominado por Wiggins de principio a fin, fue un espectáculo. Hace medio siglo, dos tipos como Jacques Anquetil y Poulidor dividieron a Francia. Siempre ganaba el bueno de Jacques, pero ambos tenían los mismos seguidores. Y en la carretera, cuando el ciclista va al límite de su nivel de esfuerzo, se aplaude con la misma fuerza ambos. Y también al último.

Saliendo de los deportes nos encontramos cientos de ejemplos. De hecho, si no llega a ser por Héctor, la Ilíada hubiese durado apenas 30 páginas contando como los griegos arrasaban Troya en cuatro días. O Pérez-Reverte no habría escrito Alatriste porque no estaría su enemigo –y no tan buen espadachín como él- Malatesta. Igual que ahora no disfrutaríamos de Quevedo y Góngora, archienemigos y siempre más afamado en vida el primero.

No soporto ver a un padre que cuando el niño no gana le dice "ya ganarás en otra. Unas veces se gana y otras se pierde". En lugar de verlo de ese modo, tal vez el niño valoraría más lo que consigue si se le dijera oye, chaval, que han participado 50 y sólo te ha ganado uno. Te falta un paso más pero es para estar muy contento.

El amargor de ese segundo es el hecho de saber que haga lo que haga, perderá. Pero precisamente ese debe ser también su consuelo, el de haberlo dado todo y entregarse a algo –deporte, arte, letras, lucha- con la tranquilidad de que ya era imposible hacerlo mejor. Así que si alguno de vosotros –o alguien cercano- termina segundo en algo, que lo valore. Atrás se habrán quedado muchos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Grito de rabia frente a una sierra desangrada

Desde el primer momento en que decidí crearme este blog quise hacerlo con el propósito de que fuera algo donde dar cabida a lo que me pasa por la cabeza. Pero, ante todo, para lanzar a quien quiera leerlo un mensaje de optimismo. Todavía no lo he conseguido, y reconozco que cada vez se me hace más difícil.

Admito que me afectan sobremanera los incendios. No sé por qué. O sí. En mi escala de valores hay dos cosas que me parecen especialmente asquerosas: aquella persona que maltrata a otro individuo (o animal) indefenso por pura diversión, y el que quema los montes. Un patrimonio de todos que unos cuantos imbéciles se creen con derecho a destrozar.

Me terminaba de reponer mentalmente del fuego de mi Axarquía cuando leí la noticia: incendio cerca de Coín. Apenas pensé en ello. Coín, municipio al pie de la sierra y con buenos accesos. Una cosa rápida que quedaría en apenas un conato. Salí, y cuando volví a casa no pude creer lo que leía. 

Recuerdo a la perfección la sensación en el incendio de Canillas. El infierno. A unos 3 kilómetros de allí ya había calor, olía a humo y se irritaban los ojos. Ver desde 60 kilómetros de distancia el resplandor rojizo en el cielo, y la monstruosa nube de ceniza posterior, fue un baño de hielo al corazón.

Pegado a Internet para seguir los boletines que cada 15 minutos daban en 3.40 TV de Mijas (tiene cojones que una radio-tv local tenga que dar lecciones de periodismo a los grandes grupos que tantos golpes se dan en el pecho), viviendo desde lejos el horror de tantas familias.

8.200 hectáreas quemadas. El negro como color predominante en toda una sierra -mención especial al castigadísimo municipio de Ojén-, la muerte de un imprudente que desoyó los consejos de bomberos y Guardia Civil y quiso volver a su casa. Las decenas de animales quemados, incluida fauna salvaje y típica de la zona.

Y llegan las preguntas. Mi Málaga, ¿qué te han hecho? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuál es exactamente, de 0 a -50, el nivel de esfuerzo en la prevención de incendios? ¿Por qué se recorta en retenes contra el fuego cuando hemos tenido el peor año hidrológico de los últimos 10? ¿Cuándo carajo se aprovechará la primavera para limpiar de una vez los cortafuegos? ¿Qué ocurrirá ahora con toda esa tierra que sigue oliendo a quemado? ¿Habrá sido un imprudente o un hijo de puta? Si es el imprudente, ¿se le dará una palmadita en la espalda, le dirán que no lo haga más y se irá a casa? ¿Y si es el hijo de puta? ¿Pagará alguien el irrecuperable destrozo? ¿Quién indemniza a los que no perdieron su casa, pero sí su sierra? ¿Por qué tenemos que esperar a que pase esto para tomarnos en serio el problema de la conservación de nuestro entorno? ¿Por qué los políticos que fueron al lugar del desastre se fotografiaban a sí mismos en lugar de la desoladora escena que tenían enfrente? ¿Qué Ayuntamiento recibirá a los bomberos y voluntarios que se jugaron el tipo para apagar las llamas? ¿O a esos bastará con decirles que no hay dinero material para pagar su increíble labor, y ya de paso les quitarán el sueldo?

La noche del 30 de agosto de 2012, si antes de fin de año el mundo sigue en su sitio, debería ser recordada por todos los malagueños. Para que no se vuelva a repetir. Debería quedar en nuestra memoria colectiva porque ha sido el peor desastre ecológico de la historia de Málaga. Las vistas ya no serán hermosas. No sólo allí. En Sierra Blanca, Sierra de las Nieves y Juanar, cuando los caminantes alcen la vista, verán la horrenda herida que dejó el fuego. La puñalada por la que Málaga estuvo tres días desangrándose. Estaría bien que todas las administraciones se pusieran de acuerdo por una vez para recuperar, en la medida de lo posible, el patrimonio que devoraron las llamas.

martes, 28 de agosto de 2012

En llamas

Se me vino el mundo encima cuando leí la noticia. Incendio en La Maroma. Para mí, ésa no es una montaña cualquiera. Es La Montaña, con mayúsculas. He andado por ella de pequeño, subo allí cada año a tocar la nieve, a dejarme envolver por la naturaleza y por la tranquilidad que parece ajena a todo este mundo lleno de chusma que antepone unos cuantos papeles con cifras a su propia vida, e incluso supedita a ellos la propia felicidad. Siervos de un dinero cuyo fin inicial era facilitarnos la vida.


Allí no hay nada de eso. Sólo piedras, árboles, animales, agua y paz. Por eso no podía creer que aquel lugar sagrado para mí hubiera sido profanado. Destruido. No pude aguantar metido en casa, esperando a leer en las noticias el estado de mi santuario personal. Cogí el coche y salí hacia arriba.

Describir el gesto que debí componer cuando vi la sierra tapada por una inmensa columna de humo sería imposible. Iba hacia arriba ansioso por llegar, aparcar el coche y meterme sierra adentro... hasta que pensé que podría irme la vida en ello y que entre 100 profesionales sería más un estorbo que una ayuda. Pero llegué hasta un lugar seguro en el que se podían ver bien los estragos de las llamas. Con la extraña sensación de que sólo viéndolo allí, en directo, el fuego comprendería la amenaza, retrocedería y dejaría en paz mi lugar favorito del mundo. Y eso que he visto lugares, por suerte.

Recuerdo que se me escapó un "¡no!" cuando vi la superficie quemada. Negra. Muerta por culpa de esas llamas que seguían devorando sin piedad todo lo que encontraban a su paso. Donde yo estaba había varias personas del lugar que comentaban la situación y jaleaban a los aviones cada vez que lanzaban el agua que casi se evaporaba al llegar a la tierra, entre el viento ardiente y los 44 grados de abajo. Si me paro a pensar lo que sentí en aquel momento sólo recuerdo dolor. Aquello me dolió. Nunca he recibido una puñalada, pero creo que sería parecido.

Tres horas después, con la situación controlada por los bomberos, volví a casa. Leí en la prensa y se confirmó lo que me temía: "las autoridades investigan, pero se baraja la hipótesis de que sea provocado". Pasó de dolor a rabia. ¿Quién se creía el pirómano en cuestión para privarnos a mí y a tantos otros de ese paraíso en miniatura? Y me vino a la cabeza la frase de un malagueño grande como Manuel Alcántara. De esos que, en este país de envidias, recortes y seres unineuronales con poder, se engrandecen a diario a base de ingenio. En una columna contaba la posibilidad de vida fuera de la Tierra, y lo que dirían esos marcianos cuando vieran nuestro planeta: "Mira, aquello es España. La quemaron los españoles".


El peor año de incendios desde 1994. Que no se vuelva a repetir. Cuando empiecen las tareas de repoblación estaré allí para hacer lo que pueda. Ardí de desesperación mientras moría mi rincón secreto y sagrado. Y ahora ardo en deseos de recuperarlo.