Que no, oigan. Que por lo visto en Medioambiente tampoco lo
estábamos haciendo bien. Menos mal que, acompañando al tsunami de reformas con
el que ha llegado, el nuevo gobierno del PP nos va a arrojar un poco de luz. El
nuevo ministro, el señor Arias Cañete –cuya cartera lleva Medio Ambiente en el
último apellido, y eso no es casualidad- va a cambiar las cosas con 66
propuestas que introducen un nuevo concepto: hacer que la conservación y
protección de la naturaleza sea económicamente viable.
De entrada y sin anestesia suena bien, pero si uno afina el
olfato encuentra cosas raras. Como, por ejemplo, cambiar la Ley de Costas para
poder construir proyectos que no destruyan los recursos naturales. Y modificar
también el apartado de los informes de impacto para “adecuarlos a la situación
actual”. Esto, traducido al cristiano común y vulgar en el que nos entendemos
los españoles, significa: como haya dinero en juego, al medio ambiente ya le
pueden ir dando.
Si echamos la vista atrás, podemos ver a lo largo de toda la
costa española –y del interior también, aunque tal vez algo menos- una serie de
tropelías urbanísticas que han convertido lo que era una zona de alto valor
natural en el paraíso del cemento. Y, por tanto, en un incordio para la vista.
Basta darse una vuelta por La manga del Mar Menor (Murcia) y ver ese espigón
masificado de edificios donde no pocas veces entra el agua. O Marbella y
Benalmádena, con la sierra, antes verde y arbolada, convertida en un amasijo de
calles pendientes y casas que en las primeras épocas tenían 200 metros
cuadrados y ya por últimas parecían hechas de lego.
Porque el espíritu es el mismo. El de aquella Ley del Suelo
de 1998 que tantos beneficios nos trajo a largo plazo –y para muestra, el botón
de la actual situación inmobiliaria-. Siguen creyendo que el error no fue suyo.
Y mientras, los españoles seguiremos viendo cómo se destruye lo poco que queda
ya de costa sin urbanizar. Después uno lo piensa y recuerda que, al cabo, esto
lo votó la minoría mayoritaria de la población. Igual es cierto que cada quien
tiene lo que merece. Aunque luego
miremos otros países y nos dé envidia su acierto en algunas cosas.

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