Describir el gesto que debí componer cuando vi la sierra tapada por una inmensa columna de humo sería imposible. Iba hacia arriba ansioso por llegar, aparcar el coche y meterme sierra adentro... hasta que pensé que podría irme la vida en ello y que entre 100 profesionales sería más un estorbo que una ayuda. Pero llegué hasta un lugar seguro en el que se podían ver bien los estragos de las llamas. Con la extraña sensación de que sólo viéndolo allí, en directo, el fuego comprendería la amenaza, retrocedería y dejaría en paz mi lugar favorito del mundo. Y eso que he visto lugares, por suerte.
Recuerdo que se me escapó un "¡no!" cuando vi la superficie quemada. Negra. Muerta por culpa de esas llamas que seguían devorando sin piedad todo lo que encontraban a su paso. Donde yo estaba había varias personas del lugar que comentaban la situación y jaleaban a los aviones cada vez que lanzaban el agua que casi se evaporaba al llegar a la tierra, entre el viento ardiente y los 44 grados de abajo. Si me paro a pensar lo que sentí en aquel momento sólo recuerdo dolor. Aquello me dolió. Nunca he recibido una puñalada, pero creo que sería parecido.
Tres horas después, con la situación controlada por los bomberos, volví a casa. Leí en la prensa y se confirmó lo que me temía: "las autoridades investigan, pero se baraja la hipótesis de que sea provocado". Pasó de dolor a rabia. ¿Quién se creía el pirómano en cuestión para privarnos a mí y a tantos otros de ese paraíso en miniatura? Y me vino a la cabeza la frase de un malagueño grande como Manuel Alcántara. De esos que, en este país de envidias, recortes y seres unineuronales con poder, se engrandecen a diario a base de ingenio. En una columna contaba la posibilidad de vida fuera de la Tierra, y lo que dirían esos marcianos cuando vieran nuestro planeta: "Mira, aquello es España. La quemaron los españoles".


No hay comentarios:
Publicar un comentario