martes, 28 de agosto de 2012

En llamas

Se me vino el mundo encima cuando leí la noticia. Incendio en La Maroma. Para mí, ésa no es una montaña cualquiera. Es La Montaña, con mayúsculas. He andado por ella de pequeño, subo allí cada año a tocar la nieve, a dejarme envolver por la naturaleza y por la tranquilidad que parece ajena a todo este mundo lleno de chusma que antepone unos cuantos papeles con cifras a su propia vida, e incluso supedita a ellos la propia felicidad. Siervos de un dinero cuyo fin inicial era facilitarnos la vida.


Allí no hay nada de eso. Sólo piedras, árboles, animales, agua y paz. Por eso no podía creer que aquel lugar sagrado para mí hubiera sido profanado. Destruido. No pude aguantar metido en casa, esperando a leer en las noticias el estado de mi santuario personal. Cogí el coche y salí hacia arriba.

Describir el gesto que debí componer cuando vi la sierra tapada por una inmensa columna de humo sería imposible. Iba hacia arriba ansioso por llegar, aparcar el coche y meterme sierra adentro... hasta que pensé que podría irme la vida en ello y que entre 100 profesionales sería más un estorbo que una ayuda. Pero llegué hasta un lugar seguro en el que se podían ver bien los estragos de las llamas. Con la extraña sensación de que sólo viéndolo allí, en directo, el fuego comprendería la amenaza, retrocedería y dejaría en paz mi lugar favorito del mundo. Y eso que he visto lugares, por suerte.

Recuerdo que se me escapó un "¡no!" cuando vi la superficie quemada. Negra. Muerta por culpa de esas llamas que seguían devorando sin piedad todo lo que encontraban a su paso. Donde yo estaba había varias personas del lugar que comentaban la situación y jaleaban a los aviones cada vez que lanzaban el agua que casi se evaporaba al llegar a la tierra, entre el viento ardiente y los 44 grados de abajo. Si me paro a pensar lo que sentí en aquel momento sólo recuerdo dolor. Aquello me dolió. Nunca he recibido una puñalada, pero creo que sería parecido.

Tres horas después, con la situación controlada por los bomberos, volví a casa. Leí en la prensa y se confirmó lo que me temía: "las autoridades investigan, pero se baraja la hipótesis de que sea provocado". Pasó de dolor a rabia. ¿Quién se creía el pirómano en cuestión para privarnos a mí y a tantos otros de ese paraíso en miniatura? Y me vino a la cabeza la frase de un malagueño grande como Manuel Alcántara. De esos que, en este país de envidias, recortes y seres unineuronales con poder, se engrandecen a diario a base de ingenio. En una columna contaba la posibilidad de vida fuera de la Tierra, y lo que dirían esos marcianos cuando vieran nuestro planeta: "Mira, aquello es España. La quemaron los españoles".


El peor año de incendios desde 1994. Que no se vuelva a repetir. Cuando empiecen las tareas de repoblación estaré allí para hacer lo que pueda. Ardí de desesperación mientras moría mi rincón secreto y sagrado. Y ahora ardo en deseos de recuperarlo.

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