Leyendo sobre vertidos de
petróleo para mi tesis doctoral me encuentro de cara con un montón de
catástrofes ambientales que nunca han salido en grandes medios de comunicación.
Y, casualmente, en ninguna de las tres que estoy estudiando a fondo aparece la
empresa que ha sido noticia estos días.
No en España, claro. Aquí
bastante tenemos con lo que nos cae a diario. Pero como uno está metido en el
mundillo petrolero –y ya mismo lleno de fango negro hasta las cejas-, ojea la
prensa internacional y se encuentra que el gran emperador del petróleo, la
empresa angloholandesa Shell, está siendo muy criticada por no limpiar los
vertidos del Delta del Níger.
Al ver esto, algunos dirán que no
es para tanto. Otros contestarán que a ellos el Níger les importa un carajo.
Habrá quien ni siquiera sepa por dónde cae en el mapa. La cuestión es que los
amigos de Shell no limpian un lugar donde cada año se van al agua 42 millones
de litros de petróleo. Lo que multiplicado por 50 años nos hace un total de 2.100 millones de litros de chapapote en las aguas nigerianas. Para darse un bañito.
Es el todo vale. La empresa de la
concha hace y deshace a su antojo en el país africano con la aprobación del
gobierno. Contaminan pozos y destrozan reservas, confinando al hacinamiento a
pueblos indígenas mientras las autoridades ponen la mano por debajo de la mesa
y miran para otro lado.
Así están los pobres Ogonis,
70.000 aborígenes del Delta que beben agua contaminada con benceno (un agente
altamente cancerígeno) hasta 900 veces más de lo permitido. Si mañana mismo
dejaran de echar porquería a las marismas del río, los ecosistemas tardarían 30
años en recuperarse, pero a nadie se le ocurre pensar con tanto optimismo.
Shell seguirá allí haciendo lo que le venga en gana por más que la ONU le condene a limpiar.
Es más, algunos ogonis
“ilustrados”, como el fallecido escritor nigeriano Saro-Wiwa, se opusieron a la
destrucción total del Delta. La reacción fue una represión armada del ejército…
y de grupos paramilitares pagados por Shell que mataron a 2.000 personas. El
propio escritor fue asesinado. 14 años después, y con la empresa defendiendo su
inocencia y negando implicaciones, en 2009 la ONU obligó a indemnizar a los descendientes del
escritor y al resto del pueblo ogoni con 11,5 millones. Sólo entonces la
petrolera reconoció haber financiado grupos armados.
Ya en 2011 la ONU pidió a la empresa un plan
de 700 millones de euros para desinfectar todo aquello. No debió surtir mucho
efecto esa ‘amenaza’ internacional, porque en diciembre hubo otro vertido que
obligó a prohibir la pesca. En lugares donde antes había manglares y la selva
llenaban todo de vegetación, hoy el petróleo se ha metido hasta 20 centímetros bajo
tierra –imaginen lo que habrá por encima- y las plantas ni siquiera pueden
echar raíces. Una maravilla.
Convendría señalar que Shell es la
segunda mayor empresa del Mundo, o al menos la segunda que más dinero ganó en
2011. Propiedad, en buena parte, de la familia real holandesa -su nombre
completo es Royal Dutch Shell- tuvo un beneficio neto de 580.000 millones de
dólares en el pasado año. Estamos hablando casi del presupuesto de España
–todavía una de las 10 mayores economías del Mundo, por poco tiempo- para el
año que viene.
Es sólo uno de los ejemplos.
Quizá el más reciente, pero no el único. Financió conflictos armados en
Sudamérica durante el siglo XX de acuerdo con los gobiernos -la guerra del
Chaco, por ejemplo, costó más de 100.000 vidas-, ha sido blanco de las iras de
todas las organizaciones ecologistas por sus actuaciones turbias en decenas de
vertidos.
Por no hablar de las oscuras
muertes de indígenas guaraníes en Brasil, donde Shell y Cosan formaron Raízen,
una especie de consorcio para producir biocombustibles baratos. Un sector donde
el gigante sudamericano está creciendo exponencialmente. Confinando al pueblo
indígena guaraní y pagando mercenarios que asesinaban a sus líderes, durante
casi dos años el monstruo petrolero campó a sus anchas hasta que las ONGs
llevaron su actividad al lado de los guaraníes. Dos años después, Shell disolvió la sociedad y dejó el etanol brasileño "como muestra del compromiso con los pueblos indígenas". Que le pregunten a los chamanes muertos.
Y no es lo que hicieron, sino lo
que harán: se han propuesto “trabajar y explorar”, así lo llaman ellos, ni más
ni menos que en Alaska. Aún teniendo presente que se trata de un país como
EEUU, donde los tejemanejes legales son mucho más limitados, la simple
posibilidad de que Shell saque petróleo de allí hace temblar a ecologistas e
incluso científicos. Sólo pensar que se pueda originar un vertido en un terreno
con esas condiciones de frío –la mancha negra sería prácticamente imparable y
podría quedarse después incrustada en el hielo- ya es una catástrofe. Si llegara
a producirse estaríamos ante uno de los mayores desastres ambientales de la
historia. Que ya es decir.
Estas son sólo algunas de las
grandes miserias del oro negro a lo largo del mundo. Un elemento energético
destinado a desaparecer y ser sustituido por otros más limpios y eficientes.
Pero, mientras los tratados internacionales sigan siendo cúmulos de buenas
intenciones y ningún hecho, empresas como Shell –y otras que ya contaremos- tendrán
campo libre para hacer lo que les plazca. Aunque cueste miles de vidas.



