lunes, 17 de septiembre de 2012

El valor de ser el segundo



En este mundo competitivo en el que hay que demostrar siempre que uno es el mejor en lo que se propone hacer –aunque muchas veces ni siquiera eso le salve de un ERE- la gente de a pie sólo se acuerda del que gana. De aquel que alza los brazos al final. El primero vence, el segundo pierde y del tercero hacia atrás, participan. Este lema de una marca deportiva –para no hacer publicidad la llamaremos ‘Hike’- resume casi al completo el pensamiento de esta sociedad donde los compañeros de profesión son rivales y los colores de una empresa hay que llevarlos como los de un equipo de fútbol.

Pues precisamente este es el mejor momento para reivindicar el papel de los segundos. Los grandes olvidados. Aquellos que tienen la mala suerte de encontrarse con alguien que los supera. Y, sin embargo, todo el mundo pasa por alto que sin ellos, todo perdería mucho sentido.

¿Qué sería, por ejemplo, de Roger Federer sin Nadal, o ahora Djokovic? ¿Cuántos duelos para la historia nos han dejado estos dos tenistas? Además el español ha vencido muchas más veces al suizo, que sin embargo será recordado como el mejor de la historia dándole a la raqueta. Porque lo es.

¿No sería la Liga española un aburrimiento si no estuviera Cristiano Ronaldo? Arrogante y egoísta, pero siempre ambicioso porque quiere ser el mejor, aunque ha tenido la mala suerte de encontrarse a un Lionel Messi intocable. Pero igualmente, el portugués tiene números de auténtico crack histórico. ¿Es menos meritorio, sólo porque haya uno aún más bestia?

En mi deporte favorito, el ciclismo, esto se trata de otra manera. Obviamente no es lo mismo ganar el Tour que ser segundo. Pero, por ejemplo, ¿no habríamos visto un auténtico coñazo de Vuelta a España si ‘Purito’ Rodríguez o Alejandro Valverde no hubiesen puesto muy cara la victoria de Contador? Porque ya me dirán que el Tour, dominado por Wiggins de principio a fin, fue un espectáculo. Hace medio siglo, dos tipos como Jacques Anquetil y Poulidor dividieron a Francia. Siempre ganaba el bueno de Jacques, pero ambos tenían los mismos seguidores. Y en la carretera, cuando el ciclista va al límite de su nivel de esfuerzo, se aplaude con la misma fuerza ambos. Y también al último.

Saliendo de los deportes nos encontramos cientos de ejemplos. De hecho, si no llega a ser por Héctor, la Ilíada hubiese durado apenas 30 páginas contando como los griegos arrasaban Troya en cuatro días. O Pérez-Reverte no habría escrito Alatriste porque no estaría su enemigo –y no tan buen espadachín como él- Malatesta. Igual que ahora no disfrutaríamos de Quevedo y Góngora, archienemigos y siempre más afamado en vida el primero.

No soporto ver a un padre que cuando el niño no gana le dice "ya ganarás en otra. Unas veces se gana y otras se pierde". En lugar de verlo de ese modo, tal vez el niño valoraría más lo que consigue si se le dijera oye, chaval, que han participado 50 y sólo te ha ganado uno. Te falta un paso más pero es para estar muy contento.

El amargor de ese segundo es el hecho de saber que haga lo que haga, perderá. Pero precisamente ese debe ser también su consuelo, el de haberlo dado todo y entregarse a algo –deporte, arte, letras, lucha- con la tranquilidad de que ya era imposible hacerlo mejor. Así que si alguno de vosotros –o alguien cercano- termina segundo en algo, que lo valore. Atrás se habrán quedado muchos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario