En este mundo competitivo en el
que hay que demostrar siempre que uno es el mejor en lo que se propone hacer
–aunque muchas veces ni siquiera eso le salve de un ERE- la gente de a pie sólo
se acuerda del que gana. De aquel que alza los brazos al final. El primero
vence, el segundo pierde y del tercero hacia atrás, participan. Este lema de
una marca deportiva –para no hacer publicidad la llamaremos ‘Hike’- resume casi
al completo el pensamiento de esta sociedad donde los compañeros de profesión
son rivales y los colores de una empresa hay que llevarlos como los de un
equipo de fútbol.
Pues precisamente este es el
mejor momento para reivindicar el papel de los segundos. Los grandes olvidados.
Aquellos que tienen la mala suerte de encontrarse con alguien que los supera. Y,
sin embargo, todo el mundo pasa por alto que sin ellos, todo perdería mucho
sentido.
¿Qué sería, por ejemplo, de Roger
Federer sin Nadal, o ahora Djokovic? ¿Cuántos duelos para la historia nos han
dejado estos dos tenistas? Además el español ha vencido muchas más veces al
suizo, que sin embargo será recordado como el mejor de la historia dándole a la
raqueta. Porque lo es.
¿No sería la Liga española un aburrimiento
si no estuviera Cristiano Ronaldo? Arrogante y egoísta, pero siempre ambicioso
porque quiere ser el mejor, aunque ha tenido la mala suerte de encontrarse a un
Lionel Messi intocable. Pero igualmente, el portugués tiene números de
auténtico crack histórico. ¿Es menos meritorio, sólo porque haya uno aún más
bestia?
En mi deporte favorito, el ciclismo,
esto se trata de otra manera. Obviamente no es lo mismo ganar el Tour que ser
segundo. Pero, por ejemplo, ¿no habríamos visto un auténtico coñazo de Vuelta a
España si ‘Purito’ Rodríguez o Alejandro Valverde no hubiesen puesto muy cara
la victoria de Contador? Porque ya me dirán que el Tour, dominado por Wiggins
de principio a fin, fue un espectáculo. Hace medio siglo, dos tipos como
Jacques Anquetil y Poulidor dividieron a Francia. Siempre ganaba el bueno de
Jacques, pero ambos tenían los mismos seguidores. Y en la carretera, cuando el
ciclista va al límite de su nivel de esfuerzo, se aplaude con la misma fuerza
ambos. Y también al último.
Saliendo de los deportes nos
encontramos cientos de ejemplos. De hecho, si no llega a ser por Héctor, la Ilíada hubiese durado
apenas 30 páginas contando como los griegos arrasaban Troya en cuatro días. O Pérez-Reverte
no habría escrito Alatriste porque no estaría su enemigo –y no tan buen
espadachín como él- Malatesta. Igual que ahora no disfrutaríamos de Quevedo y Góngora,
archienemigos y siempre más afamado en vida el primero.
No soporto ver a un padre que cuando el niño no gana le dice "ya ganarás en otra. Unas veces se gana y otras se pierde". En lugar de verlo de ese modo, tal vez el niño valoraría más lo que consigue si se le dijera oye, chaval, que han participado 50 y sólo te ha ganado uno. Te falta un paso más pero es para estar muy contento.
El amargor de ese segundo es el
hecho de saber que haga lo que haga, perderá. Pero precisamente ese debe ser
también su consuelo, el de haberlo dado todo y entregarse a algo –deporte,
arte, letras, lucha- con la tranquilidad de que ya era imposible hacerlo mejor.
Así que si alguno de vosotros –o alguien cercano- termina segundo en algo, que
lo valore. Atrás se habrán quedado muchos.
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