Estaría bien saber quién fue el
primer ser humano que puso una excusa para algo. En qué momento de la Historia alguien
justificó la imposibilidad de conseguir el fin pretendido. No sé, imaginen un
tipo del paleolítico dejando declaraciones futboleras. “Cuando la lanza no
quiere impactar, no impacta. Pero esto es largo y hay que ir bisonte a
bisonte”. O algo por el estilo.
La cuestión es que desde que
alguno dijo aquello de cariño, no es lo que parece –aunque casi siempre lo
fuera- las excusas forman parte de nuestra rutina diaria. Son un elemento más
de la misma vida.
No hay que irse muy lejos. Sólo
en Málaga ya tenemos dos claros ejemplos, además bastante ilustrativos.
Primero, ese SARE que busca la felicidad de los malagueños. Me imagino a los
funcionarios del Ayuntamiento bloqueados al recibir miles de cartas pidiendo
que el aparcamiento de La
Malagueta pasara a ser de pago. O todavía mejor, ese Twitter
oficial del Ayuntamiento de Málaga diciendo que no es lo mismo “suciedad que
falta de limpieza”. Rediós.
Ejemplos hay miles. Pero hay uno
realmente peligroso y aberrante que se ha puesto de moda, sobre todo en las
esferas políticas. Desde hace un par de años, con la peña loca por pillar un
curro, para que cualquier iniciativa poco limpia se salte los filtros de la
contestación social hay un argumento mágico: “Es que va a dar puestos de
trabajo”.
Y ya está todo hecho. ¿Que en
Vélez se quiere montar un centro comercial de medianas superficies en un vivero
de palmeras, y la finca es de un tío que preside una asociación contraria a la
construcción del centro? Pues allí que va el regidor, enérgico, y dice que hay
800 empleos en juego. Para empezar habría que discutirle el número, que con la
pasión del discurso disparó un poco alto. Y luego, habría que ver cuál es el
tipo de empleo que se crea.
¿Cómo? ¿Que no quieren que se
construya en Valdevaqueros? Vaya panda de ignorantes. ¡Si el complejo va a dar
3.000 puestos de trabajo! ¿Cuántos empleos da esa zona de alto valor ecológico
que hay allí? La cuestión es protestar. Y así podemos seguir eternamente con
los puertos deportivos licitados en zonas dudosas, ese Algarrobico que sigue
rompiendo la estética y el entorno del Cabo de Gata como un hachazo en un lugar
único, y que allí sigue desde hace casi una década. Intacto, cuando hay una orden de demolición.
Ya no hay noticia en la que no se
anuncien los “puestos de trabajo” de tal o cual proyecto. Algún día alguien
dejará a un lado el frío número para preguntarse, de una vez, qué tipo de
puestos son. Para cuestionarse si todos esos empleos a corto plazo, aquí y
ahora, no dejarán dentro de varios años una economía aún más dependiente. Si
todas estas multinacionales que vienen aquí aprovechando lo barato que
nos vendemos otra vez, dejan algo de esa riqueza que dicen crear o se la llevan de
vuelta a sus lugares de origen.
A lo mejor, con mucha suerte,
alguien alza la voz para pedir que se incentive la economía propia. La nuestra.
La que deja beneficios en el terreno en lugar de crear dependencia de quienes
vienen de fuera. Tal vez haya quien diga que, sintiéndolo mucho, señores, la
economía basada en el turismo implica que vengan turistas. Y eso a su vez
conlleva que si no vienen, estamos jodidos. Pero tranquilos. Seguro que
Eurovegas y los nosecuantos parques temáticos que quieren hacer en Cataluña dan
muchos puestos de trabajo. No vean lo bien que se lo van a pasar los
extranjeros que vengan mientras nosotros nos acercamos un poco más a países
tercermundistas. Y cuando se aburran y dejen de venir, va a ser una fiesta del carajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario