lunes, 3 de septiembre de 2012

Grito de rabia frente a una sierra desangrada

Desde el primer momento en que decidí crearme este blog quise hacerlo con el propósito de que fuera algo donde dar cabida a lo que me pasa por la cabeza. Pero, ante todo, para lanzar a quien quiera leerlo un mensaje de optimismo. Todavía no lo he conseguido, y reconozco que cada vez se me hace más difícil.

Admito que me afectan sobremanera los incendios. No sé por qué. O sí. En mi escala de valores hay dos cosas que me parecen especialmente asquerosas: aquella persona que maltrata a otro individuo (o animal) indefenso por pura diversión, y el que quema los montes. Un patrimonio de todos que unos cuantos imbéciles se creen con derecho a destrozar.

Me terminaba de reponer mentalmente del fuego de mi Axarquía cuando leí la noticia: incendio cerca de Coín. Apenas pensé en ello. Coín, municipio al pie de la sierra y con buenos accesos. Una cosa rápida que quedaría en apenas un conato. Salí, y cuando volví a casa no pude creer lo que leía. 

Recuerdo a la perfección la sensación en el incendio de Canillas. El infierno. A unos 3 kilómetros de allí ya había calor, olía a humo y se irritaban los ojos. Ver desde 60 kilómetros de distancia el resplandor rojizo en el cielo, y la monstruosa nube de ceniza posterior, fue un baño de hielo al corazón.

Pegado a Internet para seguir los boletines que cada 15 minutos daban en 3.40 TV de Mijas (tiene cojones que una radio-tv local tenga que dar lecciones de periodismo a los grandes grupos que tantos golpes se dan en el pecho), viviendo desde lejos el horror de tantas familias.

8.200 hectáreas quemadas. El negro como color predominante en toda una sierra -mención especial al castigadísimo municipio de Ojén-, la muerte de un imprudente que desoyó los consejos de bomberos y Guardia Civil y quiso volver a su casa. Las decenas de animales quemados, incluida fauna salvaje y típica de la zona.

Y llegan las preguntas. Mi Málaga, ¿qué te han hecho? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuál es exactamente, de 0 a -50, el nivel de esfuerzo en la prevención de incendios? ¿Por qué se recorta en retenes contra el fuego cuando hemos tenido el peor año hidrológico de los últimos 10? ¿Cuándo carajo se aprovechará la primavera para limpiar de una vez los cortafuegos? ¿Qué ocurrirá ahora con toda esa tierra que sigue oliendo a quemado? ¿Habrá sido un imprudente o un hijo de puta? Si es el imprudente, ¿se le dará una palmadita en la espalda, le dirán que no lo haga más y se irá a casa? ¿Y si es el hijo de puta? ¿Pagará alguien el irrecuperable destrozo? ¿Quién indemniza a los que no perdieron su casa, pero sí su sierra? ¿Por qué tenemos que esperar a que pase esto para tomarnos en serio el problema de la conservación de nuestro entorno? ¿Por qué los políticos que fueron al lugar del desastre se fotografiaban a sí mismos en lugar de la desoladora escena que tenían enfrente? ¿Qué Ayuntamiento recibirá a los bomberos y voluntarios que se jugaron el tipo para apagar las llamas? ¿O a esos bastará con decirles que no hay dinero material para pagar su increíble labor, y ya de paso les quitarán el sueldo?

La noche del 30 de agosto de 2012, si antes de fin de año el mundo sigue en su sitio, debería ser recordada por todos los malagueños. Para que no se vuelva a repetir. Debería quedar en nuestra memoria colectiva porque ha sido el peor desastre ecológico de la historia de Málaga. Las vistas ya no serán hermosas. No sólo allí. En Sierra Blanca, Sierra de las Nieves y Juanar, cuando los caminantes alcen la vista, verán la horrenda herida que dejó el fuego. La puñalada por la que Málaga estuvo tres días desangrándose. Estaría bien que todas las administraciones se pusieran de acuerdo por una vez para recuperar, en la medida de lo posible, el patrimonio que devoraron las llamas.

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