Las 8:30 de la mañana –ni AM ni
hostias- y Cora, mi perra, me dice que oye, pedazo de flojo, venga arriba ya. Que
es mi hora de pasear y me la estás quitando. Menos mal que no habla, porque por
su actitud impaciente igual me hubiera dedicado ya algún piropo. Total, que con
cinco horas dormidas y mirando con pena la almohada, me levanto para cumplir
con mi obligación de hermano mayor.
Enfilo el paseo marítimo sin
saber si estoy despierto o no –cuando uno conoce los caminos de memoria se
abstrae tela- hasta que algo capta mi atención. Allí, al fondo. A la derecha.
Como cuando uno busca el servicio. Un grupo de hombres en el rebalaje –la
orilla para los de interior- en fila india. Están, como se dice aquí, ‘echando
un lance’. Pescando, vamos.
Poco a poco van juntando los dos
extremos para cerrar bien el copo y asegurar la captura, y luego se ponen a
tirar de la tralla para sacar la red. Por lo pronto que salen los primeros
plomos y corchos observo que es un arte pequeño, y me acerco a mirar. Lo cual,
por otra parte, la perra me agradece porque le encanta la arena. Sobre todo
removerla.
Algunos, observo, son ya mayores.
De esos que aprendieron el oficio de la mar cuando todo Torre del Mar vivía del
elemento que le da nombre. Tal vez se salió de los barcos en la época en que
llegó el progreso y la construcción daba miles de euros mensuales a cualquiera
que cogiera un palustre. Pero aquello es ahora un recuerdo. Estamos en crisis,
y esto es lo que queda. Otra vez a la mar. Como es temprano, y aunque ya
empieza a calentar el sol, van abrigados más contra la humedad del alba que
contra el frío. Son de muy distintas edades. Todos empezaron a currar en la
pesca hasta que llegaron los tiempos en que España dio con la máquina de lavado
de billetes. Incluso hay algunos menores que yo, que ante la falta de trabajo
prefiere aprender un oficio que quedarse en casa.
Se agolpan los extranjeros en la
playa para ver el espectáculo. Porque lo es. Las voces de los hombres. Tirar de
la tralla de forma sincronizada. Tiene mucho de teatral aunque en el fondo sea
sólo una forma de ganarse algo de pan. O de pescado, porque al final este tipo
de faenas son de subsistencia. En cuanto sale el copo lo abren para ver lo que
lleva. Caballas, escucho. Normal. Están tiradas. Desde hace unos años los
fondos marinos se han recuperado bastante por esta zona y uno, aunque no es muy
dado a las inmersiones, puede verlos sin excesivo esfuerzo.
-
Enga, p’a la caseta der tirón. Y allí lo arranchamo to.
La frase la suelta el más viejo
de todos, que ejerce de patrón. La pesca con redes supone un riesgo de multa y requisa si, por cualquier razón, se cuela un 'inmaduro' en la captura. Entre dos jóvenes le quitan el motor al bote que ha ido soltando la red por el
fondo y ya está cerca de la orilla. Por si acaso. Y en cuestión de segundos,
todas las miradas se dirigen a la caseta de los pescadores –ajena a ello, mi
chucha está levantando una polvareda considerable- que hablan entre ellos.
Buena pesquera. Sin pasarse, pero para echar el día.
Uno de ellos es conocido mío. Le
sostengo la mirada mientras aguanta el copo. Se vuelve y me hace un gesto.
Luego sigue con su tarea. Qué quieres que haga, me dice sin hablar y con la mirada llena de
dignidad. No estoy dispuesto a pasar hambre.
Pues claro que no, pienso. Y
mientras me intento llevar a la perra –que se lo está pasando pipa- voy
pensando en las dos Españas. No las del 36, sino las del 2012. Las Españas
verticales. Ese país en el que está prohibido que diez pobres pesquen de forma
artesanal con redes que se llevan usando aquí miles de años porque “arrasan las
praderas marinas”, pero sí se puede licitar un puerto deportivo de 700 atraques
firmando la sentencia de muerte de esos mismos ecosistemas. Y para que la gente
no proteste se les dice que no se preocupen, señores, que las van a
transplantar. Cuando saben, porque lo saben, que esa especie de plancton muere
si se pasa de un sitio a otro. Y, sin embargo, el informe de impacto ambiental
sale favorable.
Este país en el que uno no puede faenar
de forma artesanal –no confundir con la pesca mayor de arrastre que esquilma
todo lo que encuentra dejando la tierra baldía, ni de especies en extinción
como el atún rojo o en período de cría- pero hay que ir a Marruecos, Mauritania
o Guinea para pillar algo, y ojito que no le dé al gobierno de allí por romper
unilateralmente los acuerdos porque muchas mujeres, hijas y hermanas tendrán
que rezar a la Virgen
del Carmen, patrona de los marineros. No se puede pescar porque el
medioambiente es importantísimo, pero sí se autorizan exploraciones de petróleo
y gas en Alborán porque bueno, a ver, es que la energía también es importante.
Y cada cosa en su momento. Que además la crisis está siendo gorda y el petróleo
son puestos de trabajo.
Pienso también en aquella fábrica
de azúcar de mi pueblo que se dejó morir –en lugar de adaptarla a los tiempos- cuando
daba empleo y abastecimiento a medio pueblo porque llegaba El Progreso. Así,
con mayúsculas. Y aquí estamos, progresados que te rilas, con toneladas de
cemento sobre los antiguos cañaverales, sin trabajo y desesperados porque no
sabemos qué hacer con tanto ladrillo. Y además, como hemos perdido la esencia
de pueblo moderno a la par que pesquero que nos caracterizaba, los turistas
–malditos desagradecidos- se han aburrido y ya no vienen.
Recuerdo, además, a todos esos
pueblos campesinos y pescadores desde siempre. A esos ganaderos tirando leche o
repartiéndola entre los pobres porque, total, le van a perder todo el dinero.
Recuerdo también a los aceituneros de Jaén que este año, por la sequía, van a
tener apenas un mes de jornales en vez de los tres de siempre. Y cuidado, no
venga Europa y les obligue a arrancar olivos. Pero luego, eso sí, van todos los
enchaquetados allí a decir que en Andalucía no se abandonará jamás el sector
primario. Nanai. Que el compromiso es firme. Y lo es, hasta que se bajan del
atril. Pienso en cómo hemos llegado a esto, y cómo lo que antes era el granero
de España se ha convertido en un solar lleno de edificios vacíos que ya nadie
quiere, y por eso nos vamos a comer El Progreso con patatas hasta terminar
llenos. Saciados. Hartos. Empachados. Nos va a salir el Progreso por las
orejas.
Salgo ya de la playa y aún queda
suspendido en el aire parte del polvo que ha levantado Cora. No veas la que has
liado, socia. Eso le digo. Aunque luego recapacito, la miro mientras pasea
ajena a todo y hasta le alabo el gusto. Bueno, no es para tanto, comparado con
las zapatiestas que forman otros. Y si a ellos no les pasa nada, tranquila que
a ti tampoco.
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