sábado, 22 de septiembre de 2012

La pesca, el campo y las Españas Verticales



Las 8:30 de la mañana –ni AM ni hostias- y Cora, mi perra, me dice que oye, pedazo de flojo, venga arriba ya. Que es mi hora de pasear y me la estás quitando. Menos mal que no habla, porque por su actitud impaciente igual me hubiera dedicado ya algún piropo. Total, que con cinco horas dormidas y mirando con pena la almohada, me levanto para cumplir con mi obligación de hermano mayor.

Enfilo el paseo marítimo sin saber si estoy despierto o no –cuando uno conoce los caminos de memoria se abstrae tela- hasta que algo capta mi atención. Allí, al fondo. A la derecha. Como cuando uno busca el servicio. Un grupo de hombres en el rebalaje –la orilla para los de interior- en fila india. Están, como se dice aquí, ‘echando un lance’. Pescando, vamos.

Poco a poco van juntando los dos extremos para cerrar bien el copo y asegurar la captura, y luego se ponen a tirar de la tralla para sacar la red. Por lo pronto que salen los primeros plomos y corchos observo que es un arte pequeño, y me acerco a mirar. Lo cual, por otra parte, la perra me agradece porque le encanta la arena. Sobre todo removerla.

Algunos, observo, son ya mayores. De esos que aprendieron el oficio de la mar cuando todo Torre del Mar vivía del elemento que le da nombre. Tal vez se salió de los barcos en la época en que llegó el progreso y la construcción daba miles de euros mensuales a cualquiera que cogiera un palustre. Pero aquello es ahora un recuerdo. Estamos en crisis, y esto es lo que queda. Otra vez a la mar. Como es temprano, y aunque ya empieza a calentar el sol, van abrigados más contra la humedad del alba que contra el frío. Son de muy distintas edades. Todos empezaron a currar en la pesca hasta que llegaron los tiempos en que España dio con la máquina de lavado de billetes. Incluso hay algunos menores que yo, que ante la falta de trabajo prefiere aprender un oficio que quedarse en casa.

Se agolpan los extranjeros en la playa para ver el espectáculo. Porque lo es. Las voces de los hombres. Tirar de la tralla de forma sincronizada. Tiene mucho de teatral aunque en el fondo sea sólo una forma de ganarse algo de pan. O de pescado, porque al final este tipo de faenas son de subsistencia. En cuanto sale el copo lo abren para ver lo que lleva. Caballas, escucho. Normal. Están tiradas. Desde hace unos años los fondos marinos se han recuperado bastante por esta zona y uno, aunque no es muy dado a las inmersiones, puede verlos sin excesivo esfuerzo.

-         Enga, p’a la caseta der tirón. Y allí lo arranchamo to.

La frase la suelta el más viejo de todos, que ejerce de patrón. La pesca con redes supone un riesgo de multa y requisa si, por cualquier razón, se cuela un 'inmaduro' en la captura. Entre dos jóvenes le quitan el motor al bote que ha ido soltando la red por el fondo y ya está cerca de la orilla. Por si acaso. Y en cuestión de segundos, todas las miradas se dirigen a la caseta de los pescadores –ajena a ello, mi chucha está levantando una polvareda considerable- que hablan entre ellos. Buena pesquera. Sin pasarse, pero para echar el día.

Uno de ellos es conocido mío. Le sostengo la mirada mientras aguanta el copo. Se vuelve y me hace un gesto. Luego sigue con su tarea. Qué quieres que haga, me dice sin hablar y con la mirada llena de dignidad. No estoy dispuesto a pasar hambre.

Pues claro que no, pienso. Y mientras me intento llevar a la perra –que se lo está pasando pipa- voy pensando en las dos Españas. No las del 36, sino las del 2012. Las Españas verticales. Ese país en el que está prohibido que diez pobres pesquen de forma artesanal con redes que se llevan usando aquí miles de años porque “arrasan las praderas marinas”, pero sí se puede licitar un puerto deportivo de 700 atraques firmando la sentencia de muerte de esos mismos ecosistemas. Y para que la gente no proteste se les dice que no se preocupen, señores, que las van a transplantar. Cuando saben, porque lo saben, que esa especie de plancton muere si se pasa de un sitio a otro. Y, sin embargo, el informe de impacto ambiental sale favorable.

Este país en el que uno no puede faenar de forma artesanal –no confundir con la pesca mayor de arrastre que esquilma todo lo que encuentra dejando la tierra baldía, ni de especies en extinción como el atún rojo o en período de cría- pero hay que ir a Marruecos, Mauritania o Guinea para pillar algo, y ojito que no le dé al gobierno de allí por romper unilateralmente los acuerdos porque muchas mujeres, hijas y hermanas tendrán que rezar a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros. No se puede pescar porque el medioambiente es importantísimo, pero sí se autorizan exploraciones de petróleo y gas en Alborán porque bueno, a ver, es que la energía también es importante. Y cada cosa en su momento. Que además la crisis está siendo gorda y el petróleo son puestos de trabajo.

Pienso también en aquella fábrica de azúcar de mi pueblo que se dejó morir –en lugar de adaptarla a los tiempos- cuando daba empleo y abastecimiento a medio pueblo porque llegaba El Progreso. Así, con mayúsculas. Y aquí estamos, progresados que te rilas, con toneladas de cemento sobre los antiguos cañaverales, sin trabajo y desesperados porque no sabemos qué hacer con tanto ladrillo. Y además, como hemos perdido la esencia de pueblo moderno a la par que pesquero que nos caracterizaba, los turistas –malditos desagradecidos- se han aburrido y ya no vienen.

Recuerdo, además, a todos esos pueblos campesinos y pescadores desde siempre. A esos ganaderos tirando leche o repartiéndola entre los pobres porque, total, le van a perder todo el dinero. Recuerdo también a los aceituneros de Jaén que este año, por la sequía, van a tener apenas un mes de jornales en vez de los tres de siempre. Y cuidado, no venga Europa y les obligue a arrancar olivos. Pero luego, eso sí, van todos los enchaquetados allí a decir que en Andalucía no se abandonará jamás el sector primario. Nanai. Que el compromiso es firme. Y lo es, hasta que se bajan del atril. Pienso en cómo hemos llegado a esto, y cómo lo que antes era el granero de España se ha convertido en un solar lleno de edificios vacíos que ya nadie quiere, y por eso nos vamos a comer El Progreso con patatas hasta terminar llenos. Saciados. Hartos. Empachados. Nos va a salir el Progreso por las orejas.

Salgo ya de la playa y aún queda suspendido en el aire parte del polvo que ha levantado Cora. No veas la que has liado, socia. Eso le digo. Aunque luego recapacito, la miro mientras pasea ajena a todo y hasta le alabo el gusto. Bueno, no es para tanto, comparado con las zapatiestas que forman otros. Y si a ellos no les pasa nada, tranquila que a ti tampoco.

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