sábado, 29 de septiembre de 2012

Las miserias del oro negro



Leyendo sobre vertidos de petróleo para mi tesis doctoral me encuentro de cara con un montón de catástrofes ambientales que nunca han salido en grandes medios de comunicación. Y, casualmente, en ninguna de las tres que estoy estudiando a fondo aparece la empresa que ha sido noticia estos días.

No en España, claro. Aquí bastante tenemos con lo que nos cae a diario. Pero como uno está metido en el mundillo petrolero –y ya mismo lleno de fango negro hasta las cejas-, ojea la prensa internacional y se encuentra que el gran emperador del petróleo, la empresa angloholandesa Shell, está siendo muy criticada por no limpiar los vertidos del Delta del Níger.

Al ver esto, algunos dirán que no es para tanto. Otros contestarán que a ellos el Níger les importa un carajo. Habrá quien ni siquiera sepa por dónde cae en el mapa. La cuestión es que los amigos de Shell no limpian un lugar donde cada año se van al agua 42 millones de litros de petróleo. Lo que multiplicado por 50 años nos hace un total de 2.100 millones de litros de chapapote en las aguas nigerianas. Para darse un bañito.

Es el todo vale. La empresa de la concha hace y deshace a su antojo en el país africano con la aprobación del gobierno. Contaminan pozos y destrozan reservas, confinando al hacinamiento a pueblos indígenas mientras las autoridades ponen la mano por debajo de la mesa y miran para otro lado.

Así están los pobres Ogonis, 70.000 aborígenes del Delta que beben agua contaminada con benceno (un agente altamente cancerígeno) hasta 900 veces más de lo permitido. Si mañana mismo dejaran de echar porquería a las marismas del río, los ecosistemas tardarían 30 años en recuperarse, pero a nadie se le ocurre pensar con tanto optimismo. Shell seguirá allí haciendo lo que le venga en gana por más que la ONU le condene a limpiar.

Es más, algunos ogonis “ilustrados”, como el fallecido escritor nigeriano Saro-Wiwa, se opusieron a la destrucción total del Delta. La reacción fue una represión armada del ejército… y de grupos paramilitares pagados por Shell que mataron a 2.000 personas. El propio escritor fue asesinado. 14 años después, y con la empresa defendiendo su inocencia y negando implicaciones, en 2009 la ONU obligó a indemnizar a los descendientes del escritor y al resto del pueblo ogoni con 11,5 millones. Sólo entonces la petrolera reconoció haber financiado grupos armados.

Ya en 2011 la ONU pidió a la empresa un plan de 700 millones de euros para desinfectar todo aquello. No debió surtir mucho efecto esa ‘amenaza’ internacional, porque en diciembre hubo otro vertido que obligó a prohibir la pesca. En lugares donde antes había manglares y la selva llenaban todo de vegetación, hoy el petróleo se ha metido hasta 20 centímetros bajo tierra –imaginen lo que habrá por encima- y las plantas ni siquiera pueden echar raíces. Una maravilla.


Convendría señalar que Shell es la segunda mayor empresa del Mundo, o al menos la segunda que más dinero ganó en 2011. Propiedad, en buena parte, de la familia real holandesa -su nombre completo es Royal Dutch Shell- tuvo un beneficio neto de 580.000 millones de dólares en el pasado año. Estamos hablando casi del presupuesto de España –todavía una de las 10 mayores economías del Mundo, por poco tiempo- para el año que viene.

Es sólo uno de los ejemplos. Quizá el más reciente, pero no el único. Financió conflictos armados en Sudamérica durante el siglo XX de acuerdo con los gobiernos -la guerra del Chaco, por ejemplo, costó más de 100.000 vidas-, ha sido blanco de las iras de todas las organizaciones ecologistas por sus actuaciones turbias en decenas de vertidos.

Por no hablar de las oscuras muertes de indígenas guaraníes en Brasil, donde Shell y Cosan formaron Raízen, una especie de consorcio para producir biocombustibles baratos. Un sector donde el gigante sudamericano está creciendo exponencialmente. Confinando al pueblo indígena guaraní y pagando mercenarios que asesinaban a sus líderes, durante casi dos años el monstruo petrolero campó a sus anchas hasta que las ONGs llevaron su actividad al lado de los guaraníes. Dos años después, Shell disolvió la sociedad y dejó el etanol brasileño "como muestra del compromiso con los pueblos indígenas". Que le pregunten a los chamanes muertos.

Y no es lo que hicieron, sino lo que harán: se han propuesto “trabajar y explorar”, así lo llaman ellos, ni más ni menos que en Alaska. Aún teniendo presente que se trata de un país como EEUU, donde los tejemanejes legales son mucho más limitados, la simple posibilidad de que Shell saque petróleo de allí hace temblar a ecologistas e incluso científicos. Sólo pensar que se pueda originar un vertido en un terreno con esas condiciones de frío –la mancha negra sería prácticamente imparable y podría quedarse después incrustada en el hielo- ya es una catástrofe. Si llegara a producirse estaríamos ante uno de los mayores desastres ambientales de la historia. Que ya es decir.

Estas son sólo algunas de las grandes miserias del oro negro a lo largo del mundo. Un elemento energético destinado a desaparecer y ser sustituido por otros más limpios y eficientes. Pero, mientras los tratados internacionales sigan siendo cúmulos de buenas intenciones y ningún hecho, empresas como Shell –y otras que ya contaremos- tendrán campo libre para hacer lo que les plazca. Aunque cueste miles de vidas.

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