"¡Bravo, carajo!" Eso fue lo que dijo Manuel Pellegrini tras ganar su
equipo, nuestro Málaga, al Sevilla en La Rosaleda. Un grito de
liberación que supuso la confirmación de un cambio de actitud en el
técnico chileno.
Era la primera vez que el Ingeniero estaba en una situación
complicada. No límite, pero sí delicada. Y respondió, igual que los
jugadores. Ante un rival directo y delante de su gente, el Málaga fue
por fin un equipo con actitud. Que es lo mínimo que se pide. Salir a
ganar y tener sangre en las venas. El técnico se levantaba, daba órdenes
desde la banda, celebró goles y se enfadó con los fallos.
No fue, por fin, la eterna imagen de la cara de circunstancias en el
banquillo, ni el hombre de hielo de pie en la zona técnica con las manos
en los bolsillos del abrigo. Pellegrini demostró que, a veces, también
es una persona normal. Que siente, padece y hasta se alegra. Aunque
parezca una estupidez, este comportamiento se transmite a los jugadores
en el césped. Y, como consecuencia, el equipo adquiere alma.
Y, cuando la calidad no da para ganar partidos -no porque no la haya,
sino porque muchas veces no es suficiente- es precisamente eso, la
garra y el carácter, lo que marca las diferencias. El domingo, el Málaga
fue mejor que el Sevilla porque tuvo la actitud necesaria para,
primero, salir con todo a ganar. Y después, pero más importante,
sobreponerse a un error defensivo que costó un gol en contra. En lugar
de bajar los brazos y dejarse invadir por las dudas, el equipo siguió
confiando en sus capacidades y le salió bien con un tanto, de nuevo, de
garra y coraje por parte de un Rondón que física y futbolísticamente aún
no es el del año pasado, pero que inició la jugada de la victoria que
remató otro guerrero: Seba Fernández. Pese a sus limitaciones, con tres
como él este Málaga sería otra cosa.
En fin, si ese cambio de actitud de Pellegrini supone la reacción
definitiva -que ahora habrá que confirmar ante el Granada- bienvenida
sea. Porque todavía está a tiempo.
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