Avance de la novela 'La ley de la sierra', a la venta próximamente:
— ¡Cochero! ¡Cochero! ¿Se puede saber por qué demonios has
parado?
Daniel Muros empezaba a impacientarse. Llamó una tercera vez a su cochero, pero no obtuvo respuesta. El cielo lucía ya un color azul oscuro. Muy a lo lejos se veía el resplandor rojizo del atardecer, jalonado por las nubes grises que, casi en el horizonte, volvían a erguirse amenazadoras. Si no se daban prisa, era muy probable que se vieran alcanzados por más lluvias antes de llegar a Huétor-Tájar.
El comerciante temió que fuese la Guardia Civil. Sus miedos no eran infundados. Los agentes iban tras su pista como cerebro de un grupo de contrabandistas. Todavía no tenían pruebas contra él, pero si cometía el más mínimo error se vería implicado de lleno. Y sus rivales políticos no tardarían en echársele encima. Contrincantes que, por cierto, también tenían mucho que callar. Pero eso no importaba. Muros cayó entonces en la cuenta de que no había escuchado ninguna voz de alto. El granadino empezaba a estar verdaderamente preocupado.
Gritó a su cochero como un poseso, pero este seguía sin responder. Trató de asegurar la puerta de la cabina donde viajaba, pero le fue imposible porque una mano abrió antes de que pudiera hacerlo.
— Tenga usted buenas noches.
— ¿Qué quiere? –dijo Daniel Muros desafiante.
— Tranquilícese si quiere conservar el pellejo, amigo. Quiero dos cosas. Lo primero, su dinero si es tan amable.
— No tengo un real.
— En tal caso tendré que cobrarme de otra forma –espetó el extraño con serenidad, como resignado a tener que matarlo mientras sacaba un pistolón—. No sé, igual no se ha mirado bien en los bolsillos.
— Está bien. Aquí hay cien duros. Es todo lo que tengo.
— Tendré que conformarme, aunque no crea que me agrada la idea de cabalgar por cien asquerosos duros.
— Le juro que no tengo más. Y ahora márchese.
— No tan aprisa, amigo. Le dije que quería dos cosas. Ya tengo el dinero. Ahora quiero que me dé una explicación.
— ¿U… una explicación? –Muros estaba totalmente confundido.
— Usted es don Daniel Muros, ¿me equivoco?
— Sí, soy yo. ¿Qué pasa?
— Bien –el extraño esbozó una enigmática sonrisa— Usted es político y ejerce en la Diputación de Granada. ¿Verdad?
— Que sí, hombre. ¿Se puede saber qué quiere?
Fuera, el cielo ya se había quedado prácticamente oscuro. El camino estaba desierto y sólo unos cuantos mochuelos ululaban entre los olivares.
— Llevo tiempo siguiéndole. A usted y a sus contrabandistas de
poca monta.
— ¿Es usted un civil? Puedo explicarle…
— A mí sus trapicheos me importan bien poco –le interrumpió el hombre—. Estoy aquí para ajustarle una cuenta.
— ¿Cómo? –Muros no salía de su asombro—. ¿Qué dice? ¿Qué cuenta? ¿De qué me habla, por Dios?
— Verá. Hace unos cuantos meses usted aseguró ante toda la camarilla política que le acompaña, que ojalá me los eche yo a la cara algún día, que llevaría a Madrid la calavera de cierto ladrón conocido como el Bizco del Borge, ¿cierto?
— Sí –respondió el político, tratando de pensar a la vez en el motivo que había llevado a aquel tipo hasta su coche.
— Pues como quiera que yo soy esa persona a la que busca, he decidido facilitarle el trabajo. De ahí que haya venido hasta aquí para ver si puede usted, digamos, darme muerte y llevarse mi calavera. Ah, y no olvide tomarme una foto del cadáver, que también la prometió.
Daniel Muros palideció por completo. Lo que menos podía imaginar es que los comentarios que hacía en la esfera política llegaran a los oídos de aquel hombre. Y, por si fuera poco, se encontraba con que el ladrón al que buscaba para matar y dar lustre a su nombre ante la clase dirigente de medio país estaba a un metro de distancia, pero no en la situación que Daniel quisiera. En concreto, el bandido le había robado quinientas pesetas y le enseñaba un arma con cara de pocos amigos.
— ¡Será posible! ¡No te tengo miedo! ¡Cochero! ¡Cochero, ven ahora mismo y échalo de aquí! –trató de parecer vehemente, pero en uno de sus gritos se le fue la voz, haciendo un gallo que le dio un aspecto
lamentable a su orden.
— Bueno, verá. Su cochero le oye, ¿eh? Lo que pasa es que, cómo explicarle. Está indispuesto.
— ¿Qué le has hecho, desgraciado?
— Nada, Dios nos libre. El hombre está bien, pero no puede venir. Es que fuera hay otro par de amigos míos. Su cochero tiene el cañón de un Remington en la punta de la nariz. No se lo tome en cuenta.
Instantes después, el Bizco salía del carro y montaba en su caballo. Ordenó a Frasco Antonio y Vertedor que guardaran las armas y se fue hasta el cochero de Daniel Muros.
— Muchacho, anda para la casa. Y ligero, porque creo que el señor se ha desmayado.
— ¿Qué le ha hecho?
— Nada. Hoy estoy de buenas. Pero se ve que le ha impresionado verme tan de cerca. Dile que, antes de pregonar a nadie, calcule si tiene arrestos para enfrentarse cara a cara con él. Ah, y dile también que no denunciaré sus trapicheos a la Benemérita. Vaya a ser que me trinquen a mí para una vez que intento que se cumpla la ley.